Los amigos perdidos

Dicen que los padres te vienen dados, pero los amigos los eliges tú. He estado pensando en esos amigos que un buen día, te das cuenta de que ya no están.

No me refiero a los que han muerto, como Javi Lobo, o Kike Ordejón. Hablo de personas a las que has considerado amigos de verdad; con quienes has compartido algunas de las pocas cosas de valor que hay en la vida, tardes malditas, días tristes, fiestas inolvidables, simples paseos charlando de esto y aquello.

amigosAmigos que te han dejado su hombro para llorar, o que has tenido que animar en algún mal momento. Amigos que emplearon tiempo en elegir algún regalo para tu cumpleaños. Que te escribieron cartas contándote cómo les iba.

Amigos que te acompañaron cuando sufriste alguna pérdida dolorosa. Con los que celebraste el último aprobado, o ese primer empleo. O has sido testigo del reparto de bienes cuando su divorcio.

Unas relaciones te llevan a otras, y a veces te alejan de algunas. Pero los amigos… los de verdad, siempre están ahí. Me precio de tener muy buenos amigos. No muchos, pero muy buenos. De la más alta calidad.

También he perdido algunos buenos amigos. En algún caso, sin saber muy bien por qué. Se va dejando de llamar, se comete algún error, se actúa de forma impulsiva o irreflexiva, te vas distanciando, y llega un momento en que te das cuenta de que esa persona tan cercana ya no tiene nada en común contigo.

A veces les echo de menos.

Confiemos unos en otros

Lo peor que nos puede pasar, el peor pecado que podemos cometer, es perder la confianza en los demás.

La falta de confianza es como la envidia. Nos hace infelices, sin hacer feliz a nadie. Nos hace recelosos. Nos hace sospechar de todo y de todos. Con razón o sin ella.

La envidia te corroe por dentro. La desconfianza te amarga el alma.

Sin confianza, no podemos convivir unos con otros, porque siempre estaremos mirando por encima del hombro. Nunca podremos dormir tranquilos, descansar, por miedo a que ser traicionados.

Es gracias a la confianza por lo que el mundo se mueve. Gracias a que unos confían, los otros pueden desarrollar sus posibilidades. Si hoy desapareciese la confianza, no habría un mañana.

La mayor prueba de amor es confiar en aquellos a quienes quieres. Aunque te hubieran fallado. Aunque no hubiesen estado a la altura de lo que esperabas de ellos. Aunque parezca que hay motivos.

Ninguno somos perfectos. Pero incluso los criminales más abyectos, merecen el privilegio de la duda. Merecen ser defendidos. Y si son culpables, merecen que sus crímenes se borren después de un tiempo, y de saldar su deuda.

Entonces, ¿por qué nos seguimos acusando de cosas ya olvidadas?¿Por qué empleamos más tiempo en hacer recuento de fallos, que en decirnos lo que apreciamos unos de otros?¿Por qué buscamos la menor ocasión para echarnos en cara cualquier fallo que hayamos podido cometer?

Hace poco escuché a Pedro García Aguado (Hermano Mayor) decir en una entrevista: «Aquellos padres a los que yo odiaba dieron la cara para mi recuperación. Si mis hijas me dicen que consumen, empiezo a ahorrar dinero para su tratamiento. Pero ya he hecho un trabajo previo, un trabajo de autoeficacia, y ellas han crecido con unos referentes distintos». En cierto modo, me gustaría ser como él.

Confiemos.